Hoy comparto una de las historias del libro disco Los amores del Diablo Ilustrado.

El libro, en proceso de edición por la Casa Editora Abril, el CD (sello EGREM) ya está a la venta. Se trata de 12 relatos de amor con nombre de mujeres, en el que los amantes son creadores de la historia cultural cubana, latinoamericana y universal. Hoy público “Aida” y está implicado con ella –y también viceversa- Roque Dalton, gran poeta salvadoreño, asesinado en 1975 a punto de cumplir 40 años de edad.

Va aquí el texto con la ilustración de José Luis Fariñas, (infaltable en las diabluras) y el video de la pieza “Desnuda” poema de Roque, en la interpretación que hizo el trovador Leonardo García en la presentación del disco en Casa de las Américas el 4 de octubre de 2019. https://youtu.be/0jdCTumgfNo (Este y otros videos con piezas del CD Los amores del Diablo Ilustrado pueden verse en el canal de YouTube El Diablo Ilustrado https://www.youtube.com/channel/UCaFKw-fhf1ERODFhgEeytTQ)

AIDA

Nadie discute que el sexo

es una categoría del mundo de la pareja:

de ahí la ternura y sus ramas salvajes.

Te dije, medio filosofo, en la sobremesa de almuerzo, y tú enfatizaste lo de “salvajes” con picardía.

Te convertiste en mi Gioconda, Aida mía, como la actriz que decide encarnar un personaje no para emitir ideas y sueños hacia el público, sino para decirle (y hacerle) a su amante las mayores y divinas locuras que la pasión te dictaba, sin los recatos ni las contenciones que la identidad casi siempre nos impone.

—El hombre que me ame

deberá saber descorrer las cortinas de la piel, encontrar la profundidad de mis ojos y conocer lo que anida en mí, la golondrina transparente de la ternura.

Claro que no me refiero a la chica de Da Vinci, la de la única sonrisa más famosa que la Colgate, alias “Monna Lisa”.

Más que leído, te habías bebido el libro de la poetisa nicaragüense Gioconda Belli, lo cual resultó un cataclismo en tus ideas amatorias (que ya eran avanzaditas), de tal magnitud que tuve instantes en que quedé a la defensiva, casi desarmado.

—Amo a los poetas -bellos ángeles lanzallamas- que inventan nuevos mundos desde la palabra y que dan a la risa y al vino su justa y proverbial importancia.

que conocen la trascendencia de una conversación tranquila bajo los árboles, a esos poetas vitales que sufren las lágrimas y van y dejan todo y mueren para que nazcan hombres con la frente alta.

Como en “tus” versos, soy el poeta delgaducho, de voz finita, taciturno… aunque te sabes igualmente mi costado enérgico, irreverente, con fuerte carga de humor irónico o satírico, según el objeto en mirilla. De no ser peligrosamente audaz, no estaría mi nombre, Roque Dalton, subrayado en rojo en los archivos de las fuerzas represivas salvadoreñas y su instancia inmediata superior (C.I.A).

Pero igual, me miras provocativamente; sabes bien, Aida Gioconda mía, que es más fácil desafiar la muerte que enfrentar a una mujer desnuda, solo que el placer (siempre que se llega por caminos del amor) provoca un vértigo sublime que nos hace lanzarnos temerariamente a buscar y buscar y buscar en esa alma otra, que empieza a dejar de ser otra mientras avanzamos por su piel.

Puedes venir desnuda a mi fiesta de amor.

Yo te vestiré de caricias.

Música, la de mis palabras;

perfume el de mis versos;

corona, mis lágrimas sobre tu cabellera.

Ahora te acepto el reto desde los versos de otro poeta desafiante y melancólico, Rubén Martínez Villena. A veces me confundo en él.

Somos de ese prototipo de tontos que nos jugamos hasta la sobrevida por la vida.

De los que nos creemos llamados desde todas partes.

De los que no soportamos la sala y el sillón, como diría Silvio.

Y esa actitud, no solo la comprendes, mi Gioconda, sino que hasta la exiges, a pesar de conocer que un buen día te habría de costar mi esfumación.

—Por sobre todas las cosas,

el hombre que me ame

deberá amar al pueblo

no como una abstracta palabra

sacada de la manga,

sino como algo real, concreto,

ante quien rendir homenaje con acciones

y dar la vida si es necesario.

Hemos asumido como oficio este preguntarle a nuestra sombra, para saber cómo andamos y acudir purificados a defender los partos de nuestra era.

Tenemos prohibida la frase “eso no me toca”: cualquier dolor humano nos queda en nuestro campo.

Somos los locos, casi siempre mal mirados, porque no buscamos por donde colarnos para sacarle el filón de oro a nuestro tiempo, pertenecemos a esos raros que se dan todo a cambio de nada, o a cambio de sabernos dadores, placer que logra rozar la única felicidad posible y que pocos llegan a conocer, siquiera sospechar, confundidos en los fuegos fatuos con que nos han amaestrado.

Cargamos con el pecado de ser amantes sin receso, debatiéndonos, o compartiéndonos, entre el ser deseado y el mundo que reclama.

Ya El flaco lo expresó muy bien en sus versos:

Si miro un poco afuera, me detengo:

la ciudad se derrumba y yo cantando.

La gente que me odia y que me quiere

no me va a perdonar que me distraiga.

Creen que lo digo todo, que me juego la vida, porque no te conocen ni te sienten.

Se trata, en cualquier espacio y tiempo, de lo mismo:

El poeta que descubre en una mujer La poesía.

Por ello, sin rubor, me desvisto en la piel de Rubén, ante el llamado de tu mirada ardiente:

¿Qué mejor cinturón para tu talle, qué cinturón más tierno, más fuerte y más justo que el que te darán mis brazos?…

Para tu seno, ¿qué mejor ceñidor que mis manos amorosas?…

¿Qué mejor pulsera para tus muñecas que las que formen mis dedos al tomarlas para llevar tus manos a mi boca?…

Una sola mordedura, cálida y suave, a un lado de tu pecho, será un broche único para sujetar a tu cuerpo la clámide ceñida y maravillosa de mis besos… Puedes venir desnuda a mi fiesta de amor. Yo te vestiré de caricias… No podemos apagar las luces de la alarma, Aida Gioconda mía, hay mucho de falsedad también a la hora de encender las velas de un encuentro sexual.

Demasiados esquemas acechando; son productos muy rentables los mitos comerciales del amor:

La mujer como objeto, el hombre como macho castigador; violencia, bandos opuestos… —El hombre que me ame no querrá poseerme como una mercancía, ni exhibirme como un trofeo de caza, sabrá estar a mi lado con el mismo amor conque yo estaré al lado suyo.

Es difícil refugiarte en un rincón o instante, a salvo de imágenes y voces que te dictan prendas interiores, perfumes, alientos postizos, sin los cuales no puedes tener un encuentro cercano con otro ser.

Según los catálogos para amantes, los olores naturales apestan, y quien se guía por lo instintos de sus deseos no sabe amar; las parejas en lugar de buscarse en la desnudes para volar, cocinan sus cuerpos, guiándose por un libro de recetas.

No es extraño que emprendamos una relación plagados de prejuicios, de odios, de ignorancia amorosa, como asistiendo a un combate entre enemigos.

Lo sabes de sobra, Aida mía, nos hemos burlado de esos clichés muchas veces.

Nadie discute que el sexo es una categoría económica:

basta mencionar la prostitución, las modas, las secciones en los diarios que solo son para ella o solo son para él.

“Deja eso ya”, fue tu regaño suavizado con un beso en las palmas de mis manos, y tu mirada era tan provocante que me vi sacudido entre el pánico y la tentación.

Amarte tendría que ser como crear un poema: un proceso de hallazgos en busca de una verdad, la que esconde tu ser.

No sé de donde salió la voz cálidamente ronca de José Antonio Méndez, el caso es que me vi abrazado suavemente a un buen bolero, y tu aliento, con el encantador descaro de Gioconda, empezó a susurrarme:

—Quiero morder tu carne,

salada y fuerte,

empezar por tus brazos hermosos

como ramas de ceibo,

seguir por ese pecho con el que sueñan mis sueños

ese pecho-cueva donde se esconde mi cabeza hurgando la ternura, ese pecho que suena a tambores y vida continuada.

Tus ropas comienzan a caer; mis ojos, inmensos, desbordados, no saben por dónde empezar.

Te descalzo y mi boca se lanza hacia tus pies… Una canción navega en el silencio, como alma condenada; así escalan mis labios por tus dedos, buscando una razón entre la inmensa nada.

Rociar la oscuridad resulta un buen pretexto para poder volar sobre un templo de hombros encogidos, un mordisco en sus huellas arpegia en mi nostalgia sus latidos.

La sucesión de acordes por tu empeine hacia arriba me imanta hacia una herida delirante:

es tu respiración esa última verdad que se lo juega todo al borde la vida, burlando este sepulcro de espejismos.

Protégeme de ser un ajeno a mí mismo; sálvame con tu vientre de esta hora de lobos y egoísmos, aunque se acabe mi canción y no encuentre el final, y no aprenda el final, y no sepa el final de tus abismos.

La poesía, verdades que otros han apresado en objeto de arte, retorna a la realidad de nuestros cuerpos.

Yo he ascendido desde tus pies y ahora tú desciendes desde mi pecho.

—Quedarme allí un rato largo

enredando mis manos

en ese bosquecito de arbustos que te crece suave y negro bajo mi piel desnuda seguir después hacia tu ombligo hacia ese centro donde te empieza el cosquilleo, irte besando, mordiendo, hasta llegar allí a ese lugarcito -apretado y secreto- que se alegra ante mi presencia que se adelanta a recibirme y viene a mí en toda su dureza de macho enardecido.

Ahora no sé bien si me he perdido o encontrado en los laberintos de tus caricias, en el delirio de tus olores, en las razones nuevas que le he robado a la existencia en tus suspiros.

Fugaz, nos espía sentencioso Mario Benedetti:

Una mujer desnuda y en lo oscuro

es una vocación para las manos

para los labios es casi un destino

y para el corazón un despilfarro

una mujer desnuda es un enigma

y siempre es una fiesta descifrarlo.

El amor es el punto más alto de lo humano; nada como el lenguaje de dos seres cuando las miradas cantan en la mágica purificación del uno en el otro: derroche de ilusiones y energías, travesía a la semiinconsciencia desde el placer.

—Bajar luego a tus piernas

firmes como tus convicciones guerrilleras, esas piernas donde tu estatura se asienta con las que vienes a mí con las que me sostienes, las que enredas en la noche entre las mías blandas y femeninas.

Para mi suerte aquel día en que tú y yo nos graduamos de dioses, no ha perdido ni una pizca de su nitidez; te puedo ver y hasta oler ahora mismo, desaforada y contenida, en un vaivén como mecida por las olas.

—Besar tus pies, amor,

que tanto tienen aun que recorrer sin mí y volver a escalarte hasta apretar tu boca con la mía, hasta llenarme toda de tu saliva y tu aliento hasta que entres en mí con la fuerza de la marea y me invadas con tu ir y venir de mar furioso y quedemos los dos tendidos y sudados en la arena de las sábanas.

Tras el último viaje levitante, me asaltó el temor de que supieras que tenía que partir, casi seguro para siempre.

Y una canción de Chico Buarque se expandió por nuestra habitación delatándome:

Tú y yo, si en travesuras de noches eternas, ya confundimos tanto nuestras piernas, dime con qué piernas debo seguir.

Si dejaste derramar nuestra canción,

si en las arenas de tu corazón

mi sangre erró de vena y se perdió.

¿Cómo podrá escapar mi vida de este momento? ¿Con qué me sostengo después…?

Suplicaban tus ojos, pero tu boca no.

Tu boca supo quemar la pregunta que no tenía respuesta.

Cuando salí sin avisos ni despedidas de Cuba, sabías que tus cartas tendrías que remitirlas a una selva.

Triste charco de luto

Precisamente cuando somos

dueños de la verdad (el hombre

no es un animal extraño

es sólo un animal

que ignora y que desprecia

y alcanza la verdad por la puerta del fuego) Tras el desayuno silencioso, me despediste con un beso y un “cuídate mucho” en el umbral de la puerta.

No te podía revelar mi destino, pero sabías que esta vez era un hasta siempre:

No dejes que tus labios hallen mis once letras.

Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.

La vida tiene bromas macabras, le hice un poema a Silvio, en mis intensos días en Cuba, que serían mi perfecto epitafio.

Cayó mortalmente herido de un machetazo en la guitarra pero aún tuvo tiempo de sacar su mejor canción de la funda y disparar con ella contra su asesino que pareció momentáneamente desconcertado llevándose los índices a los oídos y pidiendo a gritos que apagaran la luz.

Yo era regularmente otros poetas, tú siempre carne de poesía o mujer poetiza. Vuelvo a cenar contigo, y a cenarte, como recurso mental para evadir la impotencia de este instante en que estoy a punto de ser asesinado por la espalda con una pistola o un cohetazo de quien no tuvo siquiera el valor de apuntarme al pecho.

Imaginé esta muerte, entre las posibles, incluso entre las más probables, pero ni por asomo se me habría ocurrido pensar que dispararían desde mi bando.

No recuerdo una traición mayor ni en los comics. No me duele la bala, sino el tiempo que cruzarán rumores intentando matar mis mejores poemas, defendidos con mi acción cotidiana; pero igual el tiempo irá sacando a pelear mis transparencias.

Como dice Pablito Milanés:

Retornarán los libros, las canciones,

que quemaron las manos asesinas,

renacerá mi pueblo de sus ruinas

y pagarán su culpa los traidores.

Desde el 13 de abril soy el peor prisionero de la historia, detenido en nombre de la dirección del Ejército Revolucionario del Pueblo, mi propia guerrilla; estoy en esta casa clandestina sin voz y perdiendo mi rostro; no me sería difícil escapar, pero sería automáticamente un desertor; estoy en un callejón sin salida; voy a morir como un contrario a mí mismo; aunque eso no me quita sueño –el poco que me

queda: el tiempo quitará la mascarilla a estos comevacas, A ver si se cumple conmigo la certeza que un día escribí para otros.

Si adivinás quién de nosotros tiene un ojo de vidrio, te dejaremos de torturar».

Después de pasear su mirada sobre los rostros de sus verdugos, el reo señaló a uno de ellos:

«El suyo. Su ojo derecho es de vidrio».

Y los cuilios asombrados dijeron:

«¡Te salvaste! Pero ¿cómo has podido adivinarlo?

Todos tus cheros fallaron, porque el ojo es americano, es decir, perfecto».

«Muy sencillo –-dijo el reo, sintiendo que le venía otra vez el desmayo– fue el único ojo que no me miró con odio».

Ya es 10 de mayo (de 1975), ya se que ni siquiera un pelotón de fusilamiento decente podrán organizar.

Un juicio sumarísimo, en las sombras, que ni juicio es, me tiene en calidad de condenado ¿a muerte?

Se me acusa de insubordinado (¡eso no está del todo mal! ante mando semejante), de poeta burgués (algo así como el colmo) y nada menos que de agente de la CIA, (un chiste macabro).

El desjuiciado juicio es realmente una gran discusión, gritan bajezas inauditas, hasta que doy por terminado todo “dialogo” con un cubanismo: ¡Hagan lo que les salga de los cojones!

Triste charco de luto en pie de guerra

sin luna que se asome sin los pájaros

que recojan su dulce huella de agua

pero por la verdad la bella

que me jura desnuda sobre el color del mundo pero por la verdad todos los lutos todos los charcos hasta ahogarse pero por la verdad todas las huellas aun las manchadoras las del lodo pero por la verdad la muerte.

Un estruendo; algo me quema sorpresivamente en el hombro; me han disparado, y caigo en la cama, que no es exactamente esa cama testigo de creaciones sexuales.

Pronto vendrá el segundo disparo. Ya no puedo volver a ti, Aida Gioconda mía;

aunque… quién quita que tampoco me pueda ausentar a plenitud.

Si bien apenas seré un recuerdo neblinoso, alguna huella impresa en tu manera de amar debe de haberme sobrevivido.

De no quedar al menos un suspiro de mi pasión en el viento, sería imposible que alguien me evoque buscando a otro ser, confesándose… El Diablo Ilustrado No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto:

desde la oscura tierra vendría por tu voz. Roque Dalton

Desnuda

Poema de Roque Dalton

Amo tu desnudez

porque desnuda me bebes con los poros,

como hace el agua

cuando entre sus paredes me sumerjo.

Tu desnudez derriba con su calor los límites, me abre todas las puertas para que te adivine, me toma de la mano como un niño perdido que en ti dejara quietas su edad y sus preguntas.

Tu piel dulce y salobre que respiro y que sorbo pasa a ser mi universo, el credo que me nutre; la aromática lámpara que alzo estando ciego cuando junto a las sombras los deseos me ladran.

Cuando te me desnudas en los ojos cerrados cabes en una copa vecina de mi lengua, cabes entre mis manos como el pan necesario, cabes bajo mi cuerpo más cabal que su sombra.

El día en que te mueras te enterraré desnuda para que limpio sea tu reparto en la tierra, para poder besarte la piel en los caminos, trenzarte en cada río los cabellos dispersos.

El día en que te mueras te enterraré desnuda, como cuando naciste de nuevo entre mis piernas.

(El Diablo Ilustrado: http://eldiablo-ilustrado.blogspot.com/)