(tomado del perfil en facebook del poeta Alberto Marrero)

No conocí personalmente al poeta Alberto Rodríguez Tosca. Ni siquiera lo vi de cerca ni de lejos en algún que otro evento literario o en una lectura pública de sus textos, pero de cierta forma siempre estuve al tanto de su poesía desde que publicó Todas las jaurías del rey (Premio David 1987), libro que me cautivó a tal punto que, todavía hoy al releerlo, siento el mismo desasosiego que treinta años atrás.
Pero entre todos sus libros, experimento una especial atracción por Las derrotas (2008), del cual he escogido el primer poema titulado Aquí comienza la enumeración de mis derrotas para hilvanar un comentario que, de antemano, intuyo que resultará escaso. El poema condensa todo lo que vendrá después como una suerte de bitácora del dolor, de esos pequeños y a veces grandes fracasos que hacen de la existencia un campo de beligerancia permanente. Y no se trata de una mirada fatalista ni de dolores de hormiga, como escribiera el Maestro y que Rodríguez Tosca cita, no por casualidad, a continuación de este poema introductorio, sino de un deslumbrante inventario de confesiones, escrito con el lenguaje de la gran poesía, esa que no desdeña la realidad ni esconde sentimientos debajo de una costra de entelequias baratas.
El poema comienza con una imagen muy sugerente: el poeta ordena a las derrotas que marchen en fila india como bestias marcadas, frente a una tropa de ángeles. Les tapa los oídos y las besa en la boca para que no se entretengan con la alegría de los triunfadores. Y he aquí, a mi juicio, una de las ideas cardinales, o mejor, la dicotomía que marca el ritmo del texto como preludio: los derrotados y la quinta columna de los hombres felices. Los primeros sufren por disímiles causas que los convierten en seres inconformes y rebeldes; los segundos, ignoran el sufrimiento de sus semejantes y gozan de una felicidad indolente. La capacidad de asociación de la poesía nos permite vislumbrar muchos otros nexos que ahondan en la llamada condición humana.
El recurso de la enumeración, o de la lista, ha sido empleado ora por los poetas ora por narradores de todas las épocas. Humberto Eco sostiene que el único propósito de una buena lista es trasmitir la idea de infinidad y el vértigo del etcétera. En el caso de este poema se cumple con eficacia la estrategia retórica de la gradatio, lo que significa que a cada paso el poeta expresa algo de mayor fuerza que va elevando la gravedad del discurso. Léase con detenimiento el siguiente fragmento:
amigos idos, cuerpos enfermos, espíritus en ruina, vinos baratos, endiablados alcoholes, heridas en la cara, lenguas traidoras, mujeres en fuga, puertas clausuradas, plegarias, miedos, hambres, hembras, hombres; cansancios, fiebres, filias, fobias; héroes , mártires, extravíos de fe; hojas en blanco, naves a la deriva, falsos poemas, entierros, destierros, nombres propios, recónditos adioses, una isla, mis 38 años, todas las tumbas…
Con pocas palabras el poeta arma un cosmos revelador del desconcierto en que ha vivido. Las derrotas y él se ponen de acuerdo, se miran a los ojos para que no tercien mentiras o medias verdades. Obsérvese que cada frase evoca un episodio o un estado de cosas, donde el sujeto lírico transita de lo exterior a lo interior y viceversa, en un remedo de movimiento oscilatorio que destila vivencias, angustias y frustraciones. Es innegable que el dolor aflora en el poema como una niebla espesa, pero las derrotas tienen dignidad y enriquecen el espíritu del poeta en su camino hacia la luz. La alusión a la madre, que yace en una de las tumbas que el poeta menciona al final del fragmento, es sinceramente conmovedor: mi madre en una de ellas, y polvo, polvo, mucho polvo cayendo sobre la realidad…
El poema cierra con un saludo al nuevo siglo, que en el fondo me sabe a despedida, o tal vez a desafío. O a las tres cosas. Alberto Rodríguez Tosca fue un poeta que manejaba la polisemia del texto poético con la habilidad de un orfebre de joyas preciosas.

Alberto Marrero, 18 de noviembre del 2018

Aquí comienza la enumeración de mis derrotas

las que me propiné me propinaron. Les ordeno marchar en fila india
como bestias marcadas con broquetas de azufre a la vista de una horda
de ángeles. Les tapo los oídos para que no se distraigan con la euforia
de los triunfadores . Las beso en la boca para que se distraigan con mi beso
mientras pasa la quinta columna de los hombres felices. Este lunes,
mis derrotas y yo nos pusimos de acuerdo para mirarnos a los ojos.
Ya nos estamos viendo, rozando con los dedos, casi amándonos a la sombra indiferente de un cielo en llamas: amigos idos, cuerpos enfermos, espíritus en ruina, vinos baratos, endiablados alcoholes, heridas en la cara, lenguas traidoras,
mujeres en fuga, puertas clausuradas, plegarias, miedos, hambres, hembras, hombres; cansancios, fiebres, filias, fobias; héroes , mártires, extravíos de fe; hojas en blanco, naves a la deriva, falsos poemas, entierros, destierros, nombres propios, recónditos adioses, una isla, mis 38 años, todas las tumbas:
mi made en una de ellas, y polvo, polvo, mucho polvo cayendo sobre la realidad
como chispas de agua sin consagrar en un bautizo embrujado.
Ya fueron despedidas todas las plañideras. No habrá lamentos pero habrá un gemido.
Un solitario gemido de papel a la luz de dos lunas. La mía y la vieja luna
del mundo sobre cuyas laderas se acuestan con la muerte todos los derrotados.

Buenos días, siglo.
Por fin nos encontramos.
Ojalá no hayamos llegado tarde a la cita.

Alberto Rodríguez Tosca